La Casa que da al Éter
Junio de 2026
Me mudé. Hay vibras, hay árboles que, al balancearse, crean atmósferas que generan microclimas; no es algo mío, es algo comprobado que existe. En esta zona se ve que las arboledas y los cipreses, y los lauros que se desprenden naturalmente de sus troncos, están en su esplendor, y generan esa danza de intercambio entre aromas, texturas y distancias entre una casa y la otra; siempre cerradas, serenas, indispuestas a dejarse ver. Si se asoma una hoja de una planta esbelta, sería un derroche de plenitud. Sé que la cercanía a los ríos tiene influencia en cómo la ciudad, sus calles y sus barrios van percibiendo su naturaleza, sus temperaturas, sus humores. Mi nuevo barrio es así.
Hace años, aún no vivía acá, pasaba por esta misma vereda y encontré tiradas tantas cajas con cosas personales, fotos, recuerdos, carpetas del colegio, fotos de gente vestida con la ropa que la vida le habrá empujado a usar. Veía mucha madera en las fotos, madera en la cocina, en la intimidad de cocina, de esas cocinas que no solo tienen donde cocer los alimentos y guardarlos, sino que tienen algún mueble con pegatinas, con juegos de mesa encima, con un instrumento de cuerda cerca para que la rola no se pierda. En esas fotos veías el mundo interno que tenía la casa, y sí... a cuántas cuadras quedaba la corriente del río, trayendo los cipreses y estas atrapantes y vibrantes degustaciones.
A esta casa llegué en pleno velorio del Indio Solari; yo estaba con el trajín, él estaba en el suyo... Fue lo único que me hizo conectar un poco de toda la vorágine de cosas: incertidumbres, tristezas, vasos vacíos, desesperanzas. El Indio inundó con luz la habitación que da a la calle. Yo escuchaba fuerte sus canciones, como quien quiere provocar un experimento en el transeúnte: escuchás bajito, la gente camina a paso normal a hacer sus cosas; luego aumentás el volumen en un tema abismalmente bueno y la gente pasa más animada, se ve el gozo en la cara. Ahí, el espacio-tiempo que habito en estas paredes, que dan al Éter, a ese lugar cerca del rio que tiene influencias en la naturaleza y en nosotros porque nos crea nuestros moods, ánimos, etc., estaba encendido.
El Indio Solari y Los Redonditos de Ricota, encima, han vivido hace muchísimos años atrás —quizás 50— en departamentos parecidos al mío ahora. Son modestos, pero tirando a vintage; espacios más tirando a pernoctar, quedarse unas horas, deambular por livings, habitaciones, lugares que tengan repisas con libros, vitrolas con vinilos, estantes con botellas. El Éter trae consigo las ganas de hacer arte, el show de canciones, la reunión de los miércoles. Tal es así que, recién mudada en esta casa, tuve un sueño de siesta; me acuerdo porque la cortina respiraba junto a mí, hasta que quedé dormida. Mi marido y yo teníamos 45 y él fácil 50 años; él era un pelado intelectual, yo una mujer serena, sabia. Viene mi marido y me dice que a nuestro hijo había que hablarle. Me voy a hablar con él en la cocina; era medio polaco, más alto que yo, delgado, vestido de negro. Le digo: "Tener un techo, que no es un techo, es un refugio; que no es solo un refugio, es un refugio espiritual, mental, anímico, familiar y físico. Es demasiada promesa para ponerla en riesgo por una chiquilinada de la adolescencia". Apenas le dije, levanté la vista y él estaba totalmente de acuerdo. Nos reímos. Me gastó un rato. Y me dijo: "A ver si no me alcanzás". Salió corriendo a la vereda y se iba alejando cuadras, cuadras; casi le perdía el rastro, pero lo alcanzaba mientras yo me reía mucho por dentro y disfrutaba mucho de estar corriendo como niños, y que, mientras corría, sentía el Éter, la suavidad de los cipreses y de toda esa danza de aromas y pululaciones que circulan estos días en junio, para los que vivimos cerca del río.
El Indio se fue. Mi hijo también se fue corriendo, pero sé que va a volver y va a estar todo bien.
La que también se fue es Olga. Vivió en el Éter, podría transmitir mejor que yo cómo eran esos escenarios que crean los cipreses, los barcos, las mareas, las corrientes del rio, las oleadas de aire y cómo llegan a la ciudad. Olga tenía un departamento grande, cómodo, donde iban a visitarla personas que, en ese momento, eran todas jóvenes. Pasaban horas tomando cervezas, hablando, creando negocios, riéndose, comprando comida; salían a buscarla en la camioneta de ella. Al volver, en la reunión el aire se ponía denso; apartaban en la mesa un lugar para lo otro, para la blanca.
Gente nerviosa, ansiosa, deprimida, desesperanzada, limada, triste, totalmente fuera de sí; había distintos niveles de relacionarte con la droga. Y todas esas formas de flirtear con la droga se daban en el interior del departamento de mi tía Olga. Gente a la que le pegó la mala, retraídos, mirando durante horas un escaparate con la tapa de vidrio, y algunos discos artísticos con rimbombantes figuras; absorto en eso, decidió solo para él no participar de la relación comunitaria que se está dando en el centro del living de la casa. Otra no entiende por qué, pero no puede dejar de hablar; no faltará mucho para que las sospechas de que alguien la está analizando, cuestionando o juzgando aparezcan. Los demás están tan en la suya, que ella es como se estuviera reproduciendo en la radio, "está pero no está". Después está Olga, que apareció de algún lado de la casa trayendo bolsas grandes, y las muestra con entusiasmo y liderazgo: "Hay que poner un negocio, la camioneta del negro anda bien para transporte, Verónica y yo llevamos a los clientes una vez que los proveedores nos despachan, todo limpio, todo seguro", mientras sostiene el pucho con sus labios apretados y sostiene su cuaderno de tapa roja, tachando anotaciones y revisando el "proyecto".
Muchas cosas pueden pasar en el Éter, pero si te toca vivir en el Éter, no seas un boludo. Tenés que hacer arte, cultura, intelectual.

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